La Tour forma es un caravaggista francés, pero el uso que hizo del caravaggismo no pudo ser más original y, por otra parte, lo transcendente en él fue el modo en que evolucionó hacia una pintura de extrema depuración formal y expresiva.
En sus obras más características se aprecia el elemento común con la moda caravaggista, su iluminación artificial mediante antorchas o velas. Sin embargo, ni el modo fuertemente racional en que se utiliza la luz (destinada a acentuar los volúmenes, definir los diversos planos y poner en evidencia los elementos expresivos) ni su sentido de la forma -por no hablar del contenido espiritual- tienen ya nada que ver con ella. Esta obra es un monumento al silencio, a la interioridad y a la concentración. Todo se expresa con una extraña quietud. La Tour, que en otro grupo de obras (véase el San Jerónimo del Museo Nacional de Estocolmo) se complace en representar, con un descarnado naturalismo, las arrugas y las deformaciones de la vejez, tiende aquí a un arte de pureza geométrica donde el detalle ya no les está permitido ni estorbar la clara visión de la regularidad de la forma ni distraer de la sencillez y la hondura del mensaje religioso. Es precisamente esta tendencia a la esencialidad formal y expresiva junto con la claridad y el equilibrio de sus composiciones lo que permite hablar, como tantas veces se ha hecho, del "clasicismo" de La Tour. Un "clasicismo" de origen distinto al de Poussin, pero que, aun bajo otras formas diferentes, vemos asomar también en las obras de Louis Le Nain y de Champaigne, constituyendo quizá el nexo más evidente entre los pintores franceses de esta generación.