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Cronología de un martirio
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| Testigos de la Escuela
Cristiana Asturias sembrada por el espíritu lasaliano Cronología de un martirio |
La Comunidad y la escuela Turón era, desde finales del siglo XIX, un valle minero, en el cual abundaban los obreros de inmigración. Los habitantes se hallaban marcados por la dureza de las labores mineras, aunque predominaba la nobleza y la solidaridad. Allí se vivía el espíritu de S. Juan Bta. de La Salle, el Fundador providencial de las escuelas populares. Existía desde 1919 la Escuela «Ntra. Sra. de Covadonga», fundada y sostenida por la Empresa «Hulleras del Turón». Allí acudían masivamente los hijos de los mineros y de los empleados de la Empresa. En el ambiente se respiraba satisfacción por la labor cultural realizada, y agradecimiento para con los Hermanos. |
| Cuando las
circunstancias económicas y políticas ennegrecieron las ideas y las relaciones, los
enemigos de la educación cristiana multiplicaron sus gestos de aversión y antipatía
también en aquel rincón asturiano. En 1934 eran ocho los Hermanos que trabajaban en el centro. Seis de ellos llevaban un año de permanencia, pues habían Regado cuando la Ley de Congregaciones y Asociaciones Religiosas prohibió a los religiosos la docencia, y tuvieron que disimular su condición cambiando de lugar y de vestimenta todos, para poder continuar su tarea apostólica. Otro había Hegado en Abril. Y el último del grupo apenas si llevaba tres semanas en Turón, aceptando un traslado de última hora sin sospechar siquiera lo que para él iba a representar. |
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Su labor era meritoria. Unos 350 alumnos, entre los 5 y los 14 años, se beneficiaban de la inmensa abnegación de tan excelentes educadores. En el Valle eran varios los millares de jóvenes que habían pasado por la Escuela.
También en ella tenían su centro algunas asociaciones religiosas de alumnos y de exalumnos. Entre éstas estaba la juventud de Acción Católica. Todas ellas desarrollaban gran actividad apostólica.
El estallido revolucionario aconteció en la noche del 4 al 5 de Octubre. Iba a durar quince días y sembraría de sangre las calles, los corazones y los recuerdos.
Al amanecer del día 5, sin tiempo para esconderse, comenzaron a ser detenidos por orden del Comité local las personas más señaladas en la sociedad: directivos de la Empresa, militantes políticos de derechas, miembros de algunas asociaciones católicas, los sacerdotes del pueblo, uno de ellos capellán de la Escuela.
Cuando volvía de la Casa del Pueblo, convertida en prisión, la cuñada del capellán, que había ido a llevarle algunas medicinas y otros efectos, pasó por la casa de los Hermanos para avisarles de lo que acontecía y sugerirles que se escondieran para no ser ellos también apresados.
Los Hermanos habían terminado ya la oración de la mañana y se estaban disponiendo para la santa Misa. Aquella noche había pernoctado en la Comunidad el P. Inocencio de la Inmaculada, Pasionista de la vecina localidad de Mieres. Había estado por la tarde confesando a los niños de la Escuela, con el fin de disponerles a celebrar el Primer Viernes de mes, que coincidía con aquel día 5 de Octubre.
Pensaron que a nada conducía abandonar el Colegio y decidieron comenzar inmediatamente la Eucaristía por lo que pudiera acontecer.
Estaban en el ofertorio de la Misa, cuando oyeron violentas voces en el patio del Colegio. Eran unos 30 escopeteros los que habían llegado y llamaban amenazadores a la puerta. El P. Inocencio rogó a los Hermanos que le ayudaran a consumir las Sagradas Especies, para evitar el riesgo de una posible profanación.
Enseguida invadieron los asaltantes la casa, realizando una minuciosa inspección, con el pretexto de buscar las pretendidas armas escondidas allí por los jóvenes de Acción Católica. Nada encontraron, aunque mucho rompieron y deterioraron.
Declararon detenidos a los religiosos, sin permitirles recoger nada de sus habitaciones, aunque ellos lo solicitaron. Por la calle central del pueblo, llevaron a los Hermanos y al Padre a la prisión, no muy alejada del edificio escolar.
Es todo un símbolo que los Hermanos fueran encarcelados precisamente en una de las aulas que ocupaba la escuela socialista que funcionaba en aquel edificio convertido en prisión, y a donde no acudían contadísimos escolares, pues la mayoría de los obreros preferían enviar a sus hijos a la Escuela de los Hermanos. Era como si, escondida en aquellos hechos violentos, se hallara una lucha sorda entre los estilos cristiano y laico de educación.
| Cuatro días en prisión Lo primero que hicieron los carceleros fue obligar al P. Inocencio a quitarse el hábito religioso que llevaba, pues les molestaba su figura. El Hno. Director rogó que trajeran de la casa de los Hermanos algún traje de éstos. Poco después se cumplía su deseo y el P. Inocencio cambiaba la vestimenta a gusto de los vigilantes. Cuatro días permanecieron los Hermanos bajo la amenazadora mirada de los guardianes. Su resignación fue admirable y ayuda inmensa para los otros prisioneros, quienes, después recordarían emocionados su valor y su impresionante serenidad. |
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El primer día nadie se acordó de llevarles de comer ni ellos lo solicitaron. Se enteró de ello D. Rafael del Riego, Director de la Empresa, que se hallaba detenido en una habitación contigua, y dio orden de que se les llevara alimento desde el bar de la Empresa.
La compañía de los sacerdotes y de varios jóvenes católicos les hicieron más llevaderas aquellas jornadas angustiosas y plomizas. Con ellos rezaban el rosario y hablaban de la posibilidad de ser asesinados por su condición de religiosos. Pero lo hacían con admirable paz y hasta alegría.
La víspera de la muerte se presentaron varios miembros del Comité Revolucionario, entre los que venía Ceferino Álvarez Rey, el cual se declaró alumno muy agradecido de los Hermanos. Su misión era descubrir si el Hno. Marciano, cocinero de la Comunidad era religioso o simple asalariado; y también averiguar el nombre exacto y condición de los demás.
Por la conversación y el tono de las preguntas, intuyeron la inminencia del peligro. Y decidieron confesarse como preparación par a lo que pudiera acontecer. Lo hicieran con fervor. Su ejemplo alentó a los demás detenidos, que también lo hicieron.
Días después escribían D. José Fernández, Párroco, y D. José Manuel Álvarez, Coadjutor: «Una alegría de cielo invadió los semblantes, una vez que terminamos las confesiones. Ya no temían la muerte. Todos estaban resignados a la voluntad de Dios y estaban seguros de que El tendría misericordia de sus almas, si llegaban a cumplirse sus temores».
La última noche pareció que iba a resultar como las anteriores. Se acomodaron sobre el suelo o sobre algunas mesas de la clase y se dispusieron a dormir en la medida de lo posible.
Mientras tanto, en su cercana Escuela se reunían los que iban a cumplir la sentencia que había dictado el Comité. Silverio Castañón, venciendo las resistencias de los que, como Leoncio Villanueva, jefe local del grupo masónico, no eran partidarios de la ejecución, había reclutado un grupo de fusilemos asesinos en Mieres y en Santullano, pues no había encontrado suficientes secuaces en el mismo Turón. Ciego e insolente, había rechazado diversas peticiones de clemencia. Incluso temiendo reacciones violentas, planeó el crimen con astucia, disimulo y nocturnidad.
En algún reloj del pueblo de Turón acababa de sonar la una de la noche, comienzo de aquel quinto día revolucionario, 9 de Octubre de 1934.
De improviso se abrió la puerta de la sala, en donde se hallaban los detenidos. Las figuras siniestras de Silverio Castañón y de otro facineroso, llamado Fermín García y apodado «El Casín», se recostaron en la puerta.
Todos dormían, salvo el Director, Hno. Cirilo, y el Párroco, D. José, los cuales conversaban en voz baja.
- «Aquí hay dos», dijeron ellos. Y les ordenaron que se quitaran los abrigos y les entregaran cuanto llevaban sobre si. Poco a poco se fueron despertando los demás. Les obligaron a hacer lo mismo.
Les colocaron al extremo de la sala, separados de los otros detenidos, a los cuales no se les había exigido entregar sus pertenencias. Eran nueve religiosos y dos sacerdotes. Les comunicaron que pensaban llevarles al frente, para servir de parapeto ante los soldados.
«El Casín» les preguntó:
- «¿Qué armas saben Vds, manejar?»
Respondieron que ninguna. Contrariado aparentemente, insistió el interrogador:
- «¿Es que no han hecho el servicio militar.?»
Unos dijeron que sí lo habían hecho, pero como religiosos y enseñando en los cuarteles. Otros no lo habían hecho por ser todavía jóvenes.
El Hno. Augusto dijo que él sabía manejar el mosquetón. Irónicamente respondió «El Casín»:
- «¡Buen arma..! ¡Buen arma..!»
Les mandaron formar de tres en tres. Con sorna, y aludiendo al modo como llevaban a los niños a misa los domingos, uno de ellos les dijo:
- «Esto ya sabrán Vds. hacerlo bien».
Y después añadieron:
- «¿Saben Vds. a dónde van?»
Respondieron negativamente, aunque intuían que les llevaban para terminar con sus vidas.
- «Pues van Vds. al frente, a la línea de fuego, para que, al verles, nuestros enemigos dejen de disparar ».
El Sr. Párroco pidió permiso para hablar. Se lo concedieron.
- «Entonces nos permitirán, al menos a los sacerdotes, vestir el traje talar. Si vamos de seglares, no seremos reconocidos y no se cumplirán los deseos de Vds.» Se quedó algo pensativo «El Casín».
- «De ninguna manera, dijo al fin. Creerían que estamos en una Monarquía. Y estamos en una República».
Los dos del Comité, y alguno más que había entrado, se apartaron algo para deliberar. Se dirigieron al grupo y dijeron, después de haberlos contado:
- «Once... y los dos carabineros, trece. Y éstos no pueden quedar, pues irán a lo más recio de la pelea. Por tanto sobran dos, pues en la camioneta no hay sitio para todos, ya que han de ir varios de los nuestros para acompañarles».
Los carabineros eran dos jefes del Cuerpo. Teniente Coronel Arturo Luengo y el Comandante Norberto Muñoz. Habían sido apresados en Oviedo y eran custodiados en Turón como rehenes.
Con el disimulo y engaño que habían usado hasta entonces, se dirigieron a los que estaban apartados y les ordenaron:
- «Salgan aquí los curas de la Parroquia».
Obedecieron los dos, pues el capellán, D. Tomás Martínez, ya no se encontraba entre ellos, debido a su enfermedad Les hicieron algunas preguntas y les mandaron quedarse.
A los demás, Castañón les indicó:
- «¡En marcha!»
En ese momento, las diestras de los sacerdotes se alzaron con el signo de la absolución, pues estaban convencidos de que les llevaban a la muerte.
Lo narrado hasta aquí es rigurosamente cierto. Procede de un documento redactado por los sacerdotes días después de los hechos. Lo que sigue hay que reconstruirlo con el testimonio de algunos de los que intervinieron en la ejecución. Ante la fachada, contemplaron unos 20 hombres armados.
Yoyeron de nuevo la voz de Castañón:
- «¿Saben Vds. a dónde van?»
El Hno. Augusto respondió en nombre de los demás:
- «A donde Vds. quieran. Estamos dispuestos a todo, pues ya nada nos importa».
Castañón sentenció:
- «Pues van Vds. a morir por rebeldes».
Parece que las víctimas no se inmutaron. Obedecieron la orden de ponerse de dos en dos. Los carabineros iban al frente. El último lugar lo ocupó el P. Inocencio.
Ocho o diez minutos tardaron en llegar al cementerio. Siguieron la senda que sube por la ladera de la montaña.
Ante el cementerio tuvieron que esperar un rato. El enterrador no había acudido todavía.
| Se dio orden de
avanzar hasta el centro del cementerio. Allí estaba preparada una zanja de unos nueve
metros. Se les colocó ante ella. Ante sus ojos, a unos 300 metros, se alzaba el edificio
del Colegio, iluminado a aquellas horas de la noche. Fue lo último que contemplaron los
mártires. Rápidamente Castañón dio la orden de fuego. Con dos descargas quedaron acribillados. Algunos, que habían quedado con señales de vida, recibieron un disparo de pistola. El Hno. Cirilo y el Teniente Coronel fueron golpeados con una maza que había por allí. El enterrador recibió la orden de echar tierra sobre los cuerpos. Lo hizo y se marchó pronto. |
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Mientras, tanto el grupo de asesinos se volvía hacia sus puntos de origen. Seguro que lo hacían desconcertados por la serenidad de las víctimas, que no habían proferido ni una queja ni una protesta.
Días después, detenido en la cárcel de Mieres, Castañón reconocía:
- «Los Hermanos y el Padre oyeron tranquilamente la sentencia y fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio. Sabiendo a dónde iban, fueron como ovejas al matadero; tanto que yo, que soy hombre de temple,, me emocioné por su actitud...
Me pareció que por el camino, y cuando estaban esperando ante la puerta, rezaban en voz baja ... ».
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Última actualización: jueves 14 de octubre de 1999