PREADOLESCENCIA

De Catequesis

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Entre los 12 y los 15 años el ser hu­mano entra en un período de descu­bri­miento de sí mismo y de autoafirma­ción ante los demás. Durante tres o cuatro años atraviesa u­na "crisis", que se refle­ja en los cambios con frecuencia con­vulsi­vos que experi­men­ta. Se suele hablar de "pubertad", al aludir a los cambios neurológicos, endo­crinos y sexuales, que se desarrollan con rapi­dez en el organis­mo. Se reserva gene­ral­mente el término de "preadoles­cencia" para todo lo refe­rente a la perso­nalidad y a la sociabilidad. Lo más significativo de este proceso en el orden psicológico es el desarrollo de la conciencia de originalidad. El prea­dolescente comienza a ser autóno­mo y a sentirse independiente, más en deseos y actitudes que en la realidad. Tiende a ser distinto. Lo consigue en parte, y no siem­pre pacíficamente, ante los demás y ante sí mismo. Es etapa de frecuente turbulencia en la familia, en el centro escolar y, por su­puesto, en los diversos contextos de la cateque­sis. Se resisten a ser tratado como en las etapas infantiles. Se aleja, en la medida de sus posibili­dades, de los recuerdos y de los comportamientos del período anterior.

1. Conciencia de originalidad

La conciencia de las propias transfor­maciones es clara. El protago­nista de ellas no pueden entender ni explicar sus cambios, pero sí sentirlos. Los asume con cierto agrado y es cons­ciente de lo que implican de novedad en su vida. Sien­te que la infancia se aleja en el tiempo y en las formas. Se sor­prende por su crecimiento somá­tico y social y se ale­gra por sus nuevas capa­cidades. Des­cubre el gozo de sentirse mayo­r. Reclama que los demás se acomo­den a esa mayoría y, cuando se siente infanti­lizado por el trato de los adultos, reac­ciona con cierta agresivi­dad. Sin embargo vive inseguro ante sí mismo. Mantiene ras­gos infantiles y no le agrada recono­cer que todavía no han superado la infancia. No tiene claras las ideas y osa discutir con los adultos, aunque luego acepta sus argumentos y admi­ra su experien­cia. Se sorprende por sus sentimientos, pero trata de que domi­nen en su entor­no. Intuye la liber­tad en su vida, pero no es todavía dueño de administrarla. Cierto descon­cierto, afán de búsqueda y per­plejidad domina en sus reacciones. El preadolescente se descubre como responsable de sus decisio­nes y quiere asumir su puesto social. Lo hace con deseo de ensayar nue­vas posibili­dades, debido a su carencia de expe­riencias y al temor de ser menos que otros. Quiere ser "él mismo" y muchos de sus comportamien­tos están motivados por el indefinible afán de manifestarse con originalidad ante los demás: amigos, compañeros, padres, profesores. A ve­ces tiene sensación de hacer el ridículo y en oca­siones se admira ante el ruido que pue­de provocar con sus protestas. A esta edad se choca de cuando en cuando con la autoridad establecida, que adopta exigencias disciplinares no con­sensuadas con ellos y que limitan sus pretensiones. Precisamente la tensión no procede de la misma naturaleza de las normas, sino del hecho de su existencia: es el deseo de afirmación lo que suscita la reacción de ruptura. Los conflic­tos no son profundos ni duraderos; pero resul­tan desagradables. Se multiplican los desa­sosiegos y los preadoles­centes se desahogan con ame­nazas y no con he­chos violen­tos. Se acepta en teoría la necesidad de la ley y del orden; pero argumenta más con sentimientos que con razones. En el fondo, lo que existe es el afán de ser distinto y original y el amor naciente a la libertad. Por eso el preadolescente se siente irritado ante las restricciones, sobre todo de movimientos. Pero suele terminar reconociendo su necesi­dad, so­bre todo ante los excesos ajenos. El conflicto familiar y escolar más frecuente está relacionado con los estu­dios. Los audaces rompen con habi­lidad creciente las normas y desdi­bujan las exigencias; los más tímidos soportan con resignación y lamentos las consig­nas recibidas. Esas actitudes se incre­mentan cuando se comparan con com­pañeros más inde­pendientes, pero no por ello más felices. Se multiplican las iniciativas de co­municación, sobre todo con los de la misma edad, situación y condición. Se descubre la solidaridad casi como un mito que reclama respeto máximo por parte de los adultos. No se es crítico cuando se apoya o defiende al compa­ñero, sino que se acepta ciegamente la razón que posee el oprimido, por ser el más débil. Pero si se invita a la reflexión, es fácil llegar a la clarificación de las situaciones, pues el preadoles­cente conserva corazón bueno y sano. Se valora la intimidad como un valor intransferible, el cual condiciona fuerte­mente la conducta. Siente intenso deseo de respeto a su vida personal. Y se revuelve en contra de los demás que quieren imponer ritmos que no agra­dan.

2. Expansión per­sonal

El preadolescente presenta un mapa de rasgos variado y exuberante, con predo­minio de lo afectivo sobre lo lógico, de lo dinámico sobre lo reflexivo y de lo ético sobre lo espiri­tual. La sere­nidad es un estado interesante que el preadoles­cente desea, pero que no consigue siempre que lo pretende. A veces alar­dea de ella, pero sufre fre­cuentes des­conciertos y hasta remordi­mientos. De cuando en cuando su estabilidad se desajusta por la conmoción afectiva, somática y social que supone su rápido crecimiento. Este va desde los aspectos corporales hasta las tareas sociales, en las cuales se ve envuelto con facilidad, sobre todo por el deseo que tiene de resolver problemas. El aprecio de sí mismo se debilita con frecuencia ante las dificul­tades y enton­ces se debate entre la conciencia de impotencia y la voluntad de hacer más que los otros. Le deprimen los fracasos y se abandona a veces al despe­cho. Se excusa con facilidad ante sus pos­tu­ras de pereza o inhibición, pero se em­barca con interés en empresas que le ilusio­nan. Son frecuentes en él los esta­dos de tristeza indefinida, aun cuando no suelen ser duraderos. Busca, y fácilmen­te halla, com­pensaciones en las relacio­nes con los compañe­ros. Se refugia con espontaneidad en la soledad y en la nostalgia y se desahoga con expresio­nes diversas que tienen el común deno­mina­dor de la introversión: escritos, diarios, poesías, cartas, dibujos, lecturas y el consumo televisivo. La sociabilidad comunicativa del tiem­po anterior, se restringe ahora en cuanto al número de afinidades. Como esa restricción numérica va acompañada de afectividad más intensa, surgen las aficio­nes personales, que son la fuente de la amistad selectiva que cultiva. De­fiende a los amigos con verdadero celo y fomenta nuevas relaciones sociales distinguiendo intensidades y formas. Ellas son las que encauzan las aficiones dialogales del momento.

2.1. Habilidades crecientes

Es consciente de sus propias habili­dades de cara al exterior. Mide con cierta subjetividad el alcance de sus posibilida­des. Su iniciativa se incrementa con proyectos llenos de fantasía, en los que cuenta más la buena voluntad que los aciertos, sobre todo por no ser muy constante en su realización. Los amigos son los mejores estímulos para la diver­sión y el trabajo. En ellos se centran los intereses. Sigue el afán de aventuras de la etapa anterior. Son más dinámicas en los chicos; y se car­gan de más romanticis­mo y también egocentris­mo en las chi­cas. También surge ahora un interés cre­ciente por personas idealizadas. Esa afición está en la base de sus mitos, que se polarizan con frecuen­cia en persona­jes ensalzados por los medios de comu­nicación de masas. Los mitos suscitan actitudes imitativas, las cuales nacen fuera de toda lógica, de toda estética y de toda conveniencia. En esas aficiones no se halla ajeno su de­seo de afianza­miento ante los mayo­res y ante los compañeros.

2.2. Relaciones nuevas

Sin llegar a relaciones estables, el interés por el otro sexo se incrementa y poco a poco se personaliza. Su curiosi­dad sexual abarca todos los aspectos: el somático, el afectivo y el social. Trata de dar vueltas sobre las mismas informacio­nes y vincula los datos adquiri­dos a la propia intimidad. En el mucha­cho esos afanes poseen más dimensión somática. En la chica se desenvuelven por terre­nos más afectivos y personales. Adopta actitudes pasajeras de ruptura con el medio, sin llegar a un estado de permanente rebeldía. Sin embargo, re­gresa fácilmente al punto de partida, ante la seguridad que en él encontraba. La juiciosa actuación de los adultos puede suavizar tensiones cuando el caso llega, siempre que eviten imposicio­nes irritan­tes.

2.3. Carga ética

Surge la reflexión sistemática, sobre todo ética, ante los diversos aconteci­mientos y también ante las intenciones que se intuyen en las acciones propias o ajenas. Ello indica que ha nacido casi en plenitud la conciencia moral. En ocasio­nes, se multiplican mecanis­mos como la proyección psicoló­gica o la identificación con los persona­jes que la fantasía ofrece como modelos. Precisa­mente en el pa­ciente control de la imagi­nación y de la afectivi­dad es donde debe centrarse uno de los objeti­vos de la tarea educa­dora. Aprecia los valores ambientales, sobre todo el significado de las institucio­nes: grupos, partidos, movimientos, opciones sociales. Se siente atraído por determi­na­dos estímulos participativos y descu­bre las posibilida­des de la competi­ción como una palanca de promoción de su perso­nali­dad. Por eso suele sentir gusto por el deporte, por los jue­gos de compe­tencia y por la confronta­ción dia­léctica con los demás.

2.4. Trastornos e inseguridad

Sin poder definir exactamente las causas que originan sus conmocio­nes, que en el fondo tienen mucho de hormo­na­les y nerviosas, son frecuentes los estados pasajeros o las crisis de irrita­ción. Pero su turbación interna no impli­ca desajuste de personali­dad, incluso aun­que se obstine en sus pretensiones o se refugie en actitudes de clausura. En los momentos de tensión precisa cauces de expansión, de evasión y, en ocasio­nes, la debida compensación con acier­tos en diversos terrenos. Se siente y se sabe dependiente, cultural y socialmente, del mundo adulto que le rodea, aunque quiere ser libre y se proclama rebelde sin serlo. Incluso alardea de no necesitar ya mucho de los demás y de contar con excelentes recur­sos y posibilida­des. Pero se descubre con frecuencia nece­si­tado de ayuda y la experiencia le testifi­ca continuamen­te esa necesidad ajena. Por eso, sus rebel­días no son hondas; se serenan pronta­mente con la compren­sión y la confianza que le ofre­cen los demás.

3. Descubrimiento de valores

En esta edad comienza a funcionar una escala de valores personales, sien­do ya capaz de jerarquizar preferencias y de organizar respuestas y comporta­mientos valiosos. La escala de valores no es plenamen­te objetiva ni se indepen­diza del entorno. Pero el preadolescente vive la impresión de ser dueño de ella y por eso multiplica las protestas de inde­pendencia y de autonomía. En esta red de valores se hallan los espirituales y religiosos. Constituyen un tema de análisis y buen motivo de acom­pañamiento en el proce­so de su madura­ción interior. Los educa­dores deben dar prioridad al protagonis­mo de cada prea­doles­cente en la cons­trucción de esa riqueza, sin imponer ritmos ajenos. Es importante que cada persona des­cubra en lo posible el mundo que le rodea y construya su propio camino en la vida. Se debe evitar demasiado pro­tec­cionismo moral en una sociedad tan agresiva y permisiva como la presente. El mismo fracaso, controlado y mode­ra­do, puede resultar un elemento positi­vo de formación. En lo moral, el mismo muchacho tiene que asumir su propia responsa­bilidad progresiva. No puede vivir éticamente a expensas de los demás. De la recta orientación de sus elecciones dependerá su vida posterior. Hacia esto debe ser orientada con serenidad la construcción de sus juicios y criterios, que deben edificarse ahora con solidez. Este terre­no constituye el principal desafío de la preadoles­cencia. Es bueno recordar que los valores en la vida no se configuran por la simple refle­xión individual ni por la dócil acepta­ción de las opiniones ajenas. Resulta impres­cindible la propia expe­riencia y ella re­clama tiempo, oportuni­dades, contras­tes vitales y sobre todo el testi­monio cauti­vador de los demás. Siendo todavía fuertemente tributario del ambiente y de los adultos en ideas, sentimientos y decisiones, también mu­chos de sus valores, de sus preferencias e intereses, de sus gustos y de sus rechazos, de sus juicios positivos y nega­tivos, se hallan fuertemen­te depen­dientes del contexto cultural y social en el que se desarrolla su vida. Oye, obser­va, participa, colabora, asu­me y hasta defiende lo que recibe del entorno, pues resulta para él lo más conocido y fami­liar. La educación consiste en fomentar su capacidad de discernir sobre sus accio­nes e intenciones, según ideales y no según estímulos inmediatos. De lo con­trario, los preadoles­cen­tes serán incapa­ces de ir contra la corriente mayoritaria y terminarán plegando sus afectos y actitu­des al entorno ético y espiritual en el que viven. Con todo es trascendental que sus crite­rios sean sanos, aun cuan­do la debi­lidad se refleje en sus accio­nes. Si sus juicios son correctos, siem­pre queda la espe­ranza de la rectifica­ción, dada su bondad de sentimien­tos. Si sus axiolo­gías son desviadas, difícilmente se po­drán esperar de él buenos resultados. Aquí reside precisamente una de las fuerzas importantes de la pedagogía y de la educación religiosa y moral de esta etapa, sobre todo si se dibujan en su mente esquemas atractivos. Le impresio­nan los ideales, sobre todo morales, que se encarnan en figuras que, en su men­te, se alzan como modelos imitables. Es la nobleza y la generosidad, el he­roísmo y el desinterés, la fortaleza y la facilidad para el servicio, lo que más suele con­moverle. Se siente admirado ante la bondad y la humildad. Alaba las virtudes que des­cubre en los santos, en los hé­roes, en los misioneros, en los perso­najes que se presen­tan como atrac­tivos. Sin em­bargo no siempre es capaz de imitar sus cuali­dades o seguir sus in­fluencias. Es fácil para él pronunciar alabanzas, pero las fuerzas del consu­mismo, del hedonismo, del egoísmo, también tienen sus deman­das y ante ellas el preadoles­cente su­cumbe con facilidad.

4. Religiosidad preadolescente

El preadolescente es religioso con naturalidad, pero no con la credulidad de la infancia ni todavía con la firmeza del adulto. Sus sentimientos y sus afectos, más que sus modos de pensar, le llevan a dar tonalidad emotiva a lo trascenden­te. Salvo influencias adversas, no tiene motivo alguno para fraguar reacciones dialécticas en relación a las figuras reli­giosas o a las doctrinas. Es, por lo tanto, un momento privile­gia­do para la educación de la fe, es decir, para crear estructuras humanas ideológi­cas, afectivas y sociales, en las cuales se apoyará el desa­rrollo de los dones sobrenatura­les. Sin embargo, no siempre manifiesta explíci­tamente su religiosidad. O, al menos, no lo hace con igual claridad que con otras cualidades, como pueden ser sus juicios, sus sentimientos o sus afi­ciones socia­les.

4.1. Rasgos básicos

Por ser una etapa de configu­ración de­finitiva, es preciso tener pre­sentes tres aspectos diferenciales: - El primero es la gran dependencia de la formación religiosa recibida anterior­mente. Si se ha seguido un proceso sano durante la infancia, la preadoles­cencia suele discurrir con armonía en el ámbito religio­so. Actitudes diferentes surgen en mu­chachos cuya infancia ha discurrido en climas religiosa­mente esté­riles o, lo que es peor, anti­rreligiosos o conflictivos. La religiosidad preadolescente se muestra muy depen­diente de las circuns­tancias educativas en que se desenvuel­ve su vida: la fami­lia, la escuela, la cultu­ra ambiental, los usos y costumbres, las tradiciones. Esas influencias de los adul­tos tienen efecto positivo, si surgen de manera natural y espontánea. - El segundo se halla motivado por las crecientes diferencias intelectua­les, so­cia­les o temperamentales que se mani­fies­tan en este período. Los preado­les­cen­tes más inteligentes, los que po­seen per­sonalidad más sensi­ble y los más sociales, muestran acti­tudes religio­sas más definidas que los pasivos, los muy limita­dos intelec­tual­men­te o los que denotan defi­ciencias convi­vencia­les. - El tercero es la originalidad de cada sexo. La afectividad y la sensibilidad femenina, junto con la influencia ambien­tal, inclinan a la muchacha a mostrarse gene­ralmente más circunspecta, cumpli­dora, moralista y sensible, y en conse­cuencia más religiosa en las for­mas y en las intenciones. No siempre es así, pero resulta habitual en muchos ambientes. Son aspectos que no se planifican fríamente, sino que se aspiran cálida­mente en la vida de esta edad y se inte­gran en la personalidad. La aparente independencia a la que tiende, pero que no se ha conquistado todavía, puede llamar a engaño a los educadores. Ellos pueden sospechar que lo religioso depende ya de la volun­tad autónoma de esa edad. Sin embar­go, la personalidad no se halla consoli­dada y, aunque muestre protestas de indepen­den­cia, el preadolescente vive en función de los que le rodean. Por eso ha de cuidarse todavía con esmero el marco vital de esta edad. Siempre tiene que haber alguien cerca del preadolescente para señalarle el camino, para acompañarle en su creci­miento, para ayudarle a configurar sus criterios y para determinar, si es posible, lo mejor de la verdad religio­sa.

4.2. Religiosidad personalizada

Los sentimientos y las actitudes reli­giosas llegan en este momento a intro­ducirse en el tejido de la personalidad de forma relativamente definitiva. El preado­lescen­te se preocupa por lo que cree y por lo que debe practicar. Pero tiene el riesgo de inquietarse más por lo exterior que por las motiva­ciones profun­das. Se hace consciente de sus creen­cias, pero valora los ritos que debe realizar con más o menos conoci­miento y voluntariedad. También descu­bre la limitación de su inteligencia para acceder a todas las explicaciones en las materias que le interesan, las cuales varían mu­cho según los ambien­tes y las circuns­tancias. Es importante lograr que su religiosi­dad no se detenga en los meros cumpli­mientos, por ejemplo en los actos sacra­mentales. Es preferible que se ahonde en la justifi­cación de sus acciones. De lo contrario su mente se queda en lo exte­rior y superficial. - Surge a veces la inquietud o la sor­presa religiosa, sin exceso de problema­tización, ante las grandes incógnitas o desafíos morales. Hay cierto predominio de lo moral sobre lo dogmático. Este aspec­to debe ser tenido en cuenta en el trato religioso que se le proporciona. Se preo­cupa por las accio­nes del momento, pero hay que ayudarle a explorar las intenciones para el porve­nir. - Capta los esque­mas doctri­nales por primera vez y des­cubre la diversidad de creencias como un hecho ante el que debe adoptar postura. Explica con clari­dad la doctrina, pero se basa más en lo que aprende de memoria que en la refle­xión objetiva y profunda. Lo relativo al misterio se escapa de su vocabulario. - Por el mismo con­traste ambiental que presencia y por las diversas invita­ciones tácitas o explícitas que encuentra en su camino, llega a esta edad el mo­mento en que debe configurar su fe personal, a través de sus propias elec­ciones y op­ciones. Se siente impeli­do a optar mu­chas veces entre concepcio­nes antagóni­cas del hombre, de la vida, de la natura­leza o de la historia. - Hay que enseñar al prea­dolescente las razones del obrar y no sólo el panorama de hechos esporádi­cos. Es preferible que sepa y sienta por qué debe orar o amar a que sepa relatar los usos y las alternativas de la oración o del amor.

5. Diferencias por el sexo

Es dudoso que sean tan intensas en lo referente a la personalidad que resulte bueno el condicionar la educación a los rasgos diferentes de cada sexo. Chico y chica son psicológicamente diferentes, pero es mucho más lo que tienen en común que lo específico de cada sexo. Y en lo relacionado con lo religio­so, acon­tece algo semejante. Desde luego esas dife­rencias no son significati­vas en cuan­to a contenidos: ideas, crite­rios, valores, mensajes, doc­trinas, vocabula­rio; sí pueden ser inten­sas en lo referen­te a sentimien­tos y actitudes. Además, ciertas distancias dependen en gran parte de módulos cultu­rales externos. Por lo tanto están muy condi­cionadas por el estilo y el alcance de la sociedad en la que se vive y por la edu­cación recibida, tanto en el seno de la familia como en los otros espacios edu­cativos en los que ambos sexos convi­ven.

5.1. La chica

La muchacha tiende a ser más sensi­ble a los aspectos relacionales y a dar más importancia a las opciones persona­les y a las respuestas inmediatas. Recla­mando mayor respeto a su intimidad, sin que se muy diferente del varón, salvo por el ritmo madurativo que esta etapa en ella se acelera. Es más reflexiva y menos improvisa­dora. Su afectividad no es mayor que la del chico, pero se hace presente más en for­mas expresivas y en lenguajes. El hecho de que el contexto social reclame trato diferente no debe conside­rar­se negativo sin más. Con todo, es peligroso resaltar en exceso esas dife­rencias de comportamiento en los aspec­tos religiosos. Se pueden transformar en lenguajes superficiales y en meras tradi­ciones sociales. Es cierto que su sensibi­lidad, su capa­ci­dad analítica, su sociabi­lidad y su más acelerada configura­ción mental en el or­den de los valores, son elementos que se deben ser tenidos en cuenta en este momento. Pero no con­vendrá exagerar las distancias.

5.2. El chico

Lo que ya no debe ser aceptado como normal es el cliché contrario: que el chico, por el hecho de serlo, debe ser mirado como menos religioso, al meno­s en sus formas expresivas. El varón puede llegar a asumir com­por­tamientos religiosos de gran inciden­cia personal y de fuerte transparencia social. Y debe convertir los actos religio­sos en espejo de sus valores interiores. Por eso habrá que rechazar criterios o tradicio­nes su­perficiales que deterioran esa imagen y suscitan prejuicios inacep­ta­bles.

6. Catequesis preado­lescente

Por muy indepen­dien­te que pretenda declararse, todavía se halla inmaduro para asumir una auto­no­mía real en la vida. Necesita ayudas del adulto en todos los frentes. Precisamente su personalidad se desa­rrolla en parte gracias al contacto más sólido y selecti­vo con quienes le pueden ayudar a pensar y a contrastar la objeti­vidad de sus pensamientos; a sentir y a medir el alcance de sus senti­mientos, a la luz de la recta razón; a caminar según cauces de honestidad, de elegancia moral y de nobleza. Nos interesa resaltar su importancia en el terreno religioso, en donde precisa­mente el preadolescente sufre influen­cias ambientales a veces desconcer­tan­tes. Por eso busca la ayuda y la referen­cia de los adultos que más confianza le inspiran, a fin de poder situarse ante la vida y ante sus diversas alternativas. Las buenas formas, los sentimientos de confianza, la flexibilidad en el trato, la visión optimista de sus rasgos, el respe­to a su libertad y a su originalidad, son los únicos cauces aceptables para acer­carse con cordialidad y sin estridencias a su mundo interior, que se trasluce en sus lenguajes y en sus preferencias.

6.1. Consignas básicas

Al preadolescente no se le trata ya como a un niño ingenuo y crédulo. Preci­sa atenciones muy personales, basadas en la conciencia de su madurez progre­siva y siem­pre desde la confianza y respeto a su intimidad y originali­dad. - Debe recibir ayuda, sobre todo en el terreno ético, teniendo en cuenta las distorsiones o vacíos que muchas veces respira. Cada vez se da más cuenta de sus capacidades de opción y sabe que debe tomar posturas responsables, por encima de los primeros impulsos. - Con frecuencia se siente desconcer­ta­do y se resiste a tomar sus propias decisio­nes, sobre todo si es de tempera­mento inseguro. Entonces es cuando más precisa apoyos y alientos, sin caer en la trampa de sustituirle en sus deci­siones. Es conveniente ayudarle a elegir y hasta a sacar enseñanzas de sus erro­res y de sus insuficiencias. - El naciente sentimiento de libertad que le embarga puede ser ocasión para que se enfrente con diversos caminos en sus actuaciones, ya que no todas las cuestiones se resuelven del mismo mo­do. Las ayudas no le vienen sólo de los adultos. En los iguales encuentra la oportunidad para desarrollar la solidari­dad, para compartir inquietudes, para abrirse a los demás y superar su ego­cen­trismo.

6.2. Actuaciones

La formación religiosa del preadoles­cente tiene que responder a objetivos claros y apoyarse en planes sistemáticos que aseguren su profundi­dad, su adapta­ción y su eficacia espiri­tual. Es preciso enseñarle a descubrir, apreciar y cultivar los propios valores religiosos, los cuales no deben reducirse a los aspectos éticos y a la armonía con el mundo adulto. Más bien deben desen­volverse en el terreno de los ideales, de las opciones libres y conducir a la fe auténtica y personal. - Los preadolescentes se sienten inter­pelados por las realidades trascen­dentes y por los reclamos espirituales de la persona. Si se mueven en ambiente de sana confianza, esos intereses se desa­rrollan de forma positiva y cada vez más amplia. - Se resisten con frecuencia a ser dóci­les ante lo que otros les obligan a apren­der o a realizar en las diversas comuni­dades: familia, escuela, parro­quia, etc. - Buscan con agrado relaciones parti­cipati­vas y personales. El descubrir­se respon­sables y ser valorados ya como personas que deciden por su cuen­ta, es para ellos un síntoma de crecimiento y de fuerza. - Tienden a polarizarse en temas mo­rales, sobre todo relativos a las diver­sas problemáticas de los hombres más cer­canos. Entre los temas morales, son los sexuales los que ocupan el centro de su interés y de su inquietud. Hay que ver su moralismo como nor­mal, sin dejarse polarizar educativamen­te por el mismo. Es preciso abrir la men­te a todo el in­menso campo vital del hombre y del cristiano, incluso para poder llegar a una mejor perspectiva integral en todo lo referente al sexo, al amor y a la fecun­di­dad humana. Sus actitudes son a veces descon­certantes con planteamientos negativos que, en lo religioso, no depen­den de ninguna causa lógica o concreta, sino afectiva y social. Sólo los buenos educa­dores, hábiles en los len­guajes y profun­dos en los mensa­jes, valen para dar ri­queza en la forma­ción de estos todavía niños, pero pro­pensos a emplear actitu­des y formas expresivas de adul­tos.

6.3. En lo pedagógico

Es evidente que la estrategia educa­dora no se improvisa, sino que reclama mucha atención y, desde luego, gran amor a los sujetos a los que se trata de educar. La catequesis preadolescente se halla vinculada a las relaciones persona­les estables. En ella influyen fuertemen­te los va­lores afectivos, pero no resultan cómo­dos ni homogéneos. Es importante la oportunidad y la deli­cade­za extrema en la relación con ellos, tanto en las actividades y objetivos de la for­mación general, como en las cuestio­nes de su educación espiritual. Con frecuen­cia se busca con esta edad una cate­quesis afectiva y condescen­diente, con riesgo de hacerla meramente convi­ven­cial y poco clara y doctrinal. Se corre el riesgo de limitarse a los sentimientos y a las solu­ciones inmedia­tas en los diversos temas o problemas que van aflorando. Pero es de la máxi­ma importancia ofrecer forma­ción profun­da y vital más para el futuro que para satisfac­ción del presente. Los catequistas deben dedicar la máxi­ma atención a planteamientos bíbli­cos, litúrgicos, sociales y doctrinales. Hay que resaltar ante los prea­doles­centes que su formación es prepa­ración para la madurez. En lo organizati­vo, se deben buscar orienta­ciones firmes, sere­nas y compartidas con los destinata­rios. Los plantea­mientos infanti­les, a nivel de parroquia o de colegio, tanto en las diná­micas como en las temáticas desa­rrolla­das, no son suficien­tes. El preadolescente es reflexivo y plan­tea con frecuencia interrogantes que le afectan personalmente. Espera de sus animadores y orientadores soluciones objetivas y casi indiscutibles. La cate­quesis no debe reducir­se a casuística ni convertirse en forma­ción meramente mo­ral, cultural o social. Por eso es peligroso no tener planes concre­tos y abiertos o "humanizar" y "sociali­zar" lo que tiene que ser "encuen­tro religioso y catecumenal". No es sufi­cien­te convertir la catequesis en solucio­nario moral o en simple satisfacción de la curiosidad o demandas del grupo. Esto acontece con frecuencia cuando se actúa con cierto relativismo y liberalismo peda­gógico.

6.4. Valores radicales

En la etapa preadolescente hay nece­sidad de ofrecer determinadas posturas religiosas con carácter radical. No otra cosa es el Evangelio. Si el preadoles­cente no lo puede todavía asumir del todo, debe ir acostumbrándose a lo que significa "muerte de cruz", renuncia a la venganza, amor al prójimo y a los ene­migos, etc. Sólo así se le prepara para vivir con autenticidad el mensaje. De lo contrario, se puede quedar la formación en simple coherencia socioló­gica. Y no llegará nunca a descubrir el sentido del compromiso eclesial. Las respuestas obtenidas a cada problema deberán ser definitivas en la vida, aun­que en la etapa juvenil que sigue se produzcan olvidos o debiliten opcio­nes. La experiencia pastoral enseña que la religiosidad juvenil o adulta retorna con frecuencia hacia las direcciones tomadas en la etapa preadolescente, sobre todo cuando se abandonó alguno de los com­portamientos o creencias conformes con el Evangelio. Así se advierte en cuestio­nes tan importantes como la oración, la participa­ción sacramental y litúrgica, el respeto moral, incluso las primeras pre­ferencias vocaciona­les. Es evidente que esto refuerza la im­por­tancia de una buena y firme instruc­ción cristiana en esta época. Sin ideas sóli­das, el preado­les­cen­te empieza a arras­trarse en el desconcierto y en la perpleji­dad.

7. Líneas preferentes

Las opciones preadolescentes no son definitivas en la forma, pero tienden a afianzarse en el fondo para hacerse duraderas. El despertar de la personali­dad autó­no­ma coincide con el nacimien­to del pen­samiento personalizado, por lo tanto con la posibilidad intelectual y afectiva de asimilar muchos contenidos sociales y muchos mensajes espirituales. Por eso, la preadolescencia se abre a la vida con resonancias de adultez y la cate­quesis que se le ofrece reviste sin­gular importancia, tal vez la mayor de todos los estadios evolutivos del hombre.

7.1. Dinámicas de compromiso

La pedagogía catequística para esta etapa tiene que apoyarse en fórmulas dinámicas. Debe moverse hacia las invi­taciones al compromiso personal y a la toma de postura evangélica. No debe quedarse en invitaciones abstractas, siendo más comprometedores los ejem­plos y modelos concretos. Gran error de los catequistas sería no invitar a sus catequizandos a definirse en las ideas y actitudes al estilo del mismo Jesús. Hay que protegerse contra el activis­mo desmedido; pero la estrategia educa­tiva no debe alejarse de compromisos con­cretos y de hondas referencias per­sona­les. Lo importante no son muchas accio­nes, sino personalizar las que se reali­zan. Vale más una experiencia vivi­da en profundidad que cien actividades cumpli­das según un programa generoso pero rutinario. Con­viene alentar más el dina­mismo interior de un testimonio que transmitir mil ideas que se seleccionan, se estruc­turan o se critican. Dada la sensibilidad asociativa de esta edad, los grupos juveniles deben cobrar carácter prioritario, en cuanto metodolo­gía. En el grupo organizado con motiva­ciones formativas, encuentra el preado­lescen­te una palanca gigantesca de mejora y promoción espiritual. Se deben estructurar y encauzar opor­tu­na­mente estos grupos con objetivos claros y comparti­dos, con programas de acción y de compromi­so, con procesos gradua­dos y con ritmos flexibles según las personas.

7.2. Catequesis especializada

Los catequistas y animadores de estos grupos requieren mucha prepara­ción y gran entusiasmo para entregarse sin medida al servicio orientador y for­mativo de unos chicos y chicas, que son a ve­ces descon­certantes, pero que agra­de­cen esa entrega abnega­da. La catequesis de la preadolescencia debe adaptarse también a las particula­rida­des de cada sexo. Las muchachas requieren gran atención al desarrollo de su intimidad y a la satisfacción y orienta­ción de su afectividad. Hay que alentar la mayor capacidad de síntesis y de enjuiciamiento con que les ha dotado la naturaleza. Pero será im­portante en este momento no presen­tar la religiosidad como algo más femeni­no que masculino o como valor más afecti­vo que intelec­tual. La catequesis de preadolescentes no debe organizarse con estructu­ras ni terminologías inadecuadas. El mismo término de catequesis puede en ocasio­nes implicar connotaciones infantiles. Tal vez reemplazán­dolo por sinónimos: catecumenados, encuentros de grupo, proyectos cristianos, trabajos, etc., resul­tará más "juvenil" y atractivo. La vida del preadolescente oscila entre el retraimien­to hacia su interior y la ten­dencia a compartir con los demás ideas y expe­rien­cias. Ambas posturas deben ser enmarcadas en sistemas, programas, horarios, lugares, formas y relaciones atractivas.

7.3. Catequesis de los valores

Llamada especial de atención hay que hacer en este período catequístico sobre el cultivo de los valores cristianos, ya que el preadolescente se halla precisa­mente en un momento apto para cons­truir sus propias axiologías éticas, socia­les y espirituales. El catequista debe mostrarse sensible a estos valores mora­les y humanos, ante los cuales está especialmente abierto su catequizando. El recuerdo de algunos aspectos pue­de ayudar a entender, desde la perspec­tiva psicológi­ca, los reclamos de esta tarea educadora. Son aquellos a los que más pueden llegar los preadolescentes y, desde luego, son condicionantes para la vida posterior de madurez y de auten­ticidad humana: - Atención a su sensibilidad ante la justicia, sobre todo social. - Aprecio de la solidaridad con los compañeros y con los iguales. - Sensibilidad ante los débiles y com­pasión ante los explotados. - Especial sentido de la libertad en la propias determinaciones. - Llamada de atención a la propia dignidad, cuyo respeto se reclama.­ - Valoración de la intimidad, la cual es preciso proteger ante cualquier agresión. - Aprecio de la convivencia, como plataforma de realización personal. - Nacimiento de la amistad y de las relaciones preferentes de intimidad. En el terreno de los valores estricta­mente religiosos, también el preadoles­cen­te realiza un salto cualitativo hacia su descubrimiento y comprensión. Se pue­de reflejar en algunos aspec­tos preferentes: - Descubrimiento de la presencia divina y de su acción en el mundo. - Aprecio de la oración, como medio de encuentro con Dios. - Captación de la caridad cristiana, como amor desinteresado al prójimo. - Aceptación de los sufrimientos de la vida ofrecidos a Dios por amor. - Confianza en la Providencia divina en la vida de cada uno. - Seguridad de la cercanía del Espíritu Santo como Don y como Misterio. - Valoración de Iglesia como comuni­dad de fe y de amor fraterno. - Desarrollo de la esperanza en la vida eterna, que comienza en el presente. Otros valores se presentan en la vida del preadolescente, ante cuyos desafíos tiene que tomar postura con mucha frecuencia: fuerza y poder, placer y con­sumo, posesiones y ostentación ante los otros, venganza, arrogancia, supre­macía, ambición. El preadolescente, como todos los demás hombres, comienza a sentirse invitado a buscar estos valores por enci­ma de otros menos atractivos: renuncia, sacrificios, trabajo, coherencia, fidelidad, fortaleza, desinterés, etc. Su mente y su afectividad pueden sufrir perplejidad en multitud de ocasiones en que tenga que elegir entre el bien y el mal o simple­mente entre lo mejor y lo peor. Será importante enseñar al preadoles­cente a relacionar su fe religiosa con el tipo de valores que elige en la vida. Y las elecciones no se hacen al azar y en abstracto, sino con los compromisos de cada momento, lugar y circunstancias concretas de la vida. Esta enseñanza es labor preferente en la catequesis. Sólo se puede realizar bien, si previa­mente se han construido los criterios, se han pro­movido los ideales elevados y se han estimulado sentimientos convenien­tes.

7.4. Catequesis y sexualidad.

Un terreno educativo que es preciso atender con cierta preferencia en esta edad es el de la formación sexual y la preparación para el amor humano, des­de una perspectiva cristiana y positiva y no solamente en los aspectos biológicos, sociológicos o simplemente éticos.

7.4.1. Educa­ción para el amor

Esta edad se encuen­tra especialmente sensi­biliza­da en este terreno. Se debe, entre otros factores, a tres rasgos signifi­cati­vos que el catequis­ta debe conocer: - a su novedad, para él existencial, aunque esté previamente bien informado en todo: lo somático, lo humano, lo con­vivencial; - a su dinámica personal, pues se halla en singular momento madurati­vo orgáni­co, afectivo y moral; reclama por ello la inclusión de la visión de lo que en este rasgo humano hay de ético, estético y espiritual; - y también a las connotaciones am­bientales, que en algunas ocasiones se hallan muy cargadas de hedonismo y de pragmatismo. No es éste un terreno que deba tener por sí mismo ninguna prioridad formati­va, como no la tiene sin más la justicia so­cial, el respeto a la vida o la pertenen­cia a la Iglesia cristiana. Pero, en la práctica, la sexualidad refleja cierta singularidad cultural, moral, social y también espiri­tual. Se debe ello a sus riquezas como rasgo humano singular y a los riesgos que ella comporta, si no se sabe encau­zar y enfocar adecuadamen­te. Por eso debe ser tratada con singular delicadeza a esta edad, con miras a la formación profunda de toda la personali­dad y a la comprensión de la vida del hombre sobre la tierra.

7.2. Sexo y mensaje cristiano

Hay que recordar también que la ver­dadera educación cristiana en el terreno sexual se debe centrar en lo que real­mente es "mensaje evangélico", es decir, voluntad de Jesús. Los aspectos sanita­rios, somáticos, sociales, éticos o incluso estéticos, son simplemente natu­rales y por lo tanto previos al mensaje. Por este motivo hay que presuponer diversidad de niveles formativos que, aunque en la práctica son inseparables, en la mente del educador de la fe debe­rán estar claramente delimitados. Los aspectos humanos evidentemente deben ser objeto de un trato más "natu­ral" que los estrictamente religiosos. Se presuponen conquistados antes de la presentación cristiana del mensaje reve­lado. En cuanto culturales y educativos, en­globan rasgos de indudable importan­cia antropológica. - Resalta la dignidad de la persona humana y la belleza sublime de la se­xualidad del hombre, en sus aspectos anatómicos, orgánicos, sociales y mora­les. Descubrir el sentido altruista del amor humano será condición para hallar luego la verdadera dimensión cristiana. - En consecuencia, la profundidad del amor humano no se reduce a la simple genitalidad y a la capacidad reproducto­ra, sino que llega a dimensiones más sutiles y hondas, como son la fecundi­dad, la fidelidad, la estabilidad, la indiso­lubilidad matrimonial, la antinaturalidad de todo lo que no responda a la verda­dera intersexualidad. - Y es preciso mirar como dato radical­mente humano la institución matrimonial para el ejercicio de la genitalidad y para la reproducción de los hombres. Sin embargo, el valor sacramental del matri­monio, su reflejo del amor de Cristo a su Iglesia, es una dignidad sacramental añadida por el Señor y abre las puertas a su dimensión más elevada que es ser gracia de Dios.

7.3. Adaptarse a casa sexo

- También la originalidad de cada sexo, el masculino y el femenino, es base de la personalidad sana. Asumir la propia identificación sexual implica más amplitud de miras que la mera valora­ción de la capacidad reproductora. Es el descubrimiento de un plan divino en el que hay que sentirse alegre y cola­bora­dor. Y todo esto, la dignidad del propio sexo, la igualdad del varón y de la mu­jer, la grandeza de la familia, etc., no dependen de las opiniones mayorita­rias o de las legislaciones terrenas, sino de razones más elevadas y misteriosas. No está de más el resaltar la impor­tancia de la educación sexual con base en la misma naturaleza humana, pues siempre ha existido en la Historia el riesgo del maniqueísmo, haciendo el cuerpo algo malo. Y existe en la actuali­dad el riesgo del hedonismo, olvidando la realidad del alma.

7. 4. Virtud y mensaje

En lo que se refiere a la dimensión religiosa en el terreno de la sexualidad, es bueno recordar que lleva por sí mis­ma a terrenos más trascendentales, más conectados con la voluntad divina y con la Revelación del misterio cristiano que también abarca al don de la se­xualidad. Dios ha querido la virtud de la casti­dad, o continencia por amor al Reino de los cielos, y esto supone fortaleza para dominar, no para reprimir, los instintos reproductores, sentido de responsabili­dad para ver en la fecundidad una opor­tuni­dad para colaborar con la gracia, un desafío hacia una vocación personal. El amor humano es expresión natural; pero el amor cristiano, también el inter­sexual, es caridad y reflejo del amor del Padre celestial que ama al hombre y de Cristo encarnado, muerto y resucitado por amor a los hombres. Tanto el que ha sido llamado a la virginidad, por amor al Reino de los cielos, como el que ha sido llamado al matrimonio, para hacer expansiva la vida, se fundamentan en el amor. Si el primero es signo del amor por la renun­cia a la carne, el otro lo es por el amor en la carne y por la fecundidad que abre la vida. La educación sexual cristiana que el preadolescente necesita no es sólo una buena información de índole orgánica, afectiva y social, sino la verdadera edu­cación cristiana en este terreno de la virtud y del plan divino sobre el hombre bisexual. Esto debe ser recordado por el cate­quista para no reducir su labor a los niveles puramente humanos y educar sin perspectivas evangélicas. El preadolescente, todavía inmaduro y vuelto hacia sí por su necesidad de afianzamiento, no puede asimilar toda la grandeza del misterio sacramental que se encierra en el matrimonio cristiano. Pero comienza a ser capaz de asumir sus valores y a sentirse protagonista de una llamada superior en este sentido, a la que quiere dar respuesta de alguna forma. Por eso hay que mirar la educa­ción sexual en este momento como un paso más en su maduración cristiana y abrirla a nuevos momentos cada vez más ricos en su contenido y profundidad. Hay que insistir más en los aspectos morales y espirituales que en las simples dimensio­nes somáticas, sociales y convi­vencia­les.

7.5. Tarea siempre inacabada.

Debe considerarse la educa­ción se­xual como tarea nunca acabada y no como una información ocasional. Debe ser tarea compartida por toda la comunidad cristiana y no una simple unidad didáctica de un programa de catequesis. Se debe apoyar más en el testimonio de los que viven cristiana­men­te la sexualidad a la luz del Evange­lio que en las diversas metodologías que se usan. Será también bueno que la catequesis de la sexualidad se desacrali­ce en cuan­tos aspectos no responden a una dimen­sión revelada, del mismo modo que se hace con los temas racia­les, con los planteamientos sociales o económicos, con los diversos proyectos profesiona­les y vocacionales que a esta edad tanto suelen interesar. Habrá tam­bién que tener en cuenta la rémora o bloqueo que plantea a esta materia el hedonismo que muchas veces se respira en el ambiente vivido por los catequizan­dos.

8. Catecumenados y con­fir­mación

En muchos ambientes cristianos se da impor­tancia grande a los Catecumena­dos de Confirmación al terminar el perío­do preadolescente. Coinciden frecuen­temen­te con la etapa del desarrollo de estos años. Se suele formar a estos mucha­chos a lo largo de dos o tres años y se culmina su proceso de enriqueci­miento religio­so, moral, doctrinal y espiri­tual, con la cele­bra­ción del "Sacramento de la Firmeza cristiana". La metodología preparatoria para este acontecimiento pasa por la configuración de grupos juveniles de diverso signo: grupos cristia­nos, de catequesis, de amistad, grupos de vida cris­tiana, etc. Ciertamente es el mejor mo­mento per­so­nal y psicológico, tanto para la prepa­ra­ción doctrinal como para la inte­gración efectiva en la vida de la Iglesia, con miras a culminar el proceso en la recep­ción sacramental. La dinámi­ca grupal con preadoles­cen­tes reclama consignas psicológicas y religio­sas que dejamos condensadas en las siguientes sugeren­cias: Hay que saber adaptarse a las nece­sidades humanas de este momento, con actitud de acogida y de apertura, con la cordialidad de trato, con la oferta de programas instructivos y de actividades que merezcan la pena y no resulten meros entretenimientos. Para la prepara­ción de la Confirma­ción, se debe recla­mar buena for­mación doc­trinal y eclesial, la cual es fácil de conse­guir si se acierta a integrar el grupo en un plan al mismo tiempo huma­no y catequístico. Es importante acomodarse a los rit­mos religiosos de cada persona. Es el milagro que tienen que hacer los cate­quistas y los animado­res. Este ritmo y sus resulta­do dependen muchos de las experiencias previas y de la preparación que cada sujeto haya logrado en la infancia ante­rior. La única limitación que se debe poner al respecto es evitar el riesgo de "sacra­mentali­zar" la catequesis. Lo importante del grupo no es la recepción del sacra­mento, sino la formación y la experiencia de vida cristiana. Si se instrumen­taliza la deseada recepción del sacramento, se corre el riesgo de perder de vista lo que es la educación de la fe en este momen­to. Se miraría como un requisito para un sacramento y no como un compromiso de conocer y vivir mejor el men­saje cris­tiano. Y esto sería bastante negativo. Del mismo modo, la recepción del sacra­mento hacia los 15 o 16 años debe constituir un buen apoyo en la expresión de la fe cristiana y en la conciencia de la propia pertenencia a la Co­munidad de Jesús. Por eso, debe resultar muy flexi­ble el momento y la forma, procurando que la opción parta del sujeto debida­mente formado y no de los usos y tradi­ciones del entorno. También conviene insistir en la im­portancia que tiene el considerar el Sa­cramento de la Confirmación como punto de partida para una vida de com­promiso evangélico. Esto sólo se logra si se pre­domina el objetivo de formar ver­dadera­mente la mente y la conciencia sobre los simples intereses y tradiciones ritualis­tas. Será bueno apoyarse en la capacidad psicoló­gi­ca (afectiva, intelectual, moral, social) de este momento evolutivo, a fin de desarrollar una metodología de com­promiso y no limitarse a cumplir trámites para el sacramento. Para ello es de la mayor importancia formar buenos catequistas para estos niveles confirma­cionales. Y lo serán tales, si son capaces no sólo de asegu­rar con su cultura religiosa los aspec­tos doctrinales, sino de mostrarse hábiles en meto­dologías participativas, siendo ca­paces de ofre­cer el testimonio de la propia vida.

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