Por Josean Villalabeitia |
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Una anécdota del pasado mes de enero ilustra a la perfección su actividad. Dada la capacidad de organización del Hermano, sus conocimientos informáticos y sobre todo, su ritmo incansable de trabajo, el Superior Provincial de La Salle de la región decidió trasladarle durante algunas semanas a la Casa Provincial para poner un poco de orden en los archivos y comenzar, de paso, su informatización. Dicho y hecho: el Hermano Aloy dejó su comunidad de Togoville para trasladarse a la capital, Lomé. Parecía el simple cambio de comunidad de un religioso jubilado, pero no: desde los primeros momentos de su ausencia comenzaron a resultar evidentes un montón de labores silenciosas que el Hermano desempeñaba para servicio de todos, y que a partir de ese momento quedaban totalmente a la intemperie.
| Sobre a estas líneas, el Hermano Aloy con un Hermano Africano de la Comunidad de Togoville. El gesto de agarrarse los dedos es típico del África accidental para mostrar gran amistad y hermandad. En la foto de más arriba, el Hemano Aloy ayudando a los alumnos de Togoville en la biblioteca escolar. |
Venían muchas personas a hacer fotocopias, a redactar documentos o darles forma en el ordenador, a preparar avisos, carteles, etc y era imposible atenderlas bien a todas; empezó a fallar el agua y nadie sabía demasiado bien el esquema del circuito, por dónde había que empezar a mirar, cómo actuar, etc; venían huéspedes y con frecuencia no eran atendidos hasta el último momento, como si el Hermano Isidro debiera continuar desviviéndose por el alojamiento de los recién llegados; faltaban profesores y no había nadie para sustituirles, como no había nadie para supervisar los exámenes a deshora, para poner a punto la pesada burocracia escolar: matrículas, documentos, fotos, certificados, etc; nadie barría ya todos los domingos la capilla, y las flores, sin su fiel jardinero al lado, comenzaron unos cursos acelerados de supervivencia; el órgano se calló en la parroquia y cuando alguien necesitaba alguna herramienta algo especializada no sabía a quién acudir...
El Hermano Aloy, en efecto, llevaba a cabo mil y una tareas de las que no siempre era fácil ser consciente, por más que uno fuera el beneficiario directo. En otras palabras, lo que el Evangelio llama servicio a los hermanos: humilde, silencioso, eficaz, lleno de amor.
El Hermano Isidro Aloy es catalán, nacido no lejos de Montserrat en 1925. Antiguo alumno de los Hermanos de La Salle de Sampedor (Barcelona), pronto sintió la llama de Dios a ser religioso educador, como sus profesores. Pero eran tiempos de guerra, especialmente duros para la casa del Hermano Isidro, que vio desaparecer asesinado al cabeza de familia, como consecuencia de los sangrientos enfrentamientos ideológicos de aquella época.
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Una vez terminada la guerra, nuestro Hermano pudo ingresar en la casa de formación y recorrer las diferentes etapas que le conducirían a la primera profesión religiosa, en 1942, y a la profesión definitiva como Hermano de las Escuelas Cristinas, en 1950. Seguía así, de alguna manera, la senda de su hermano mayor, sacerdote, y mostraba el camino a su hermano más pequeño, hoy religioso de La Salle como él, y a otra hermana, religiosa misionera en el antiguo Zaire durante 27 años.
A pesar de que en aquellos tiempos no era demasiado frecuente que los Hermanos -normalmente maestros de escuela primaria- accedieran a la Universidad, nuestro Hermano mostró desde muy joven grandes aptitudes para el estudio, por lo que se le invitó a matricularse en la Universidad de Barcelona, como estudiante de matemáticas. Por supuesto, debía compaginar sus estudios universitarios con las clases en el barcelonés Colegio Bonanova.
No sin abundantes dificultades, el éxito acaba por acompañarle, y en 1956 nuestro Hermano obtiene la Licenciatura en Matemáticas. Y se pone a dar clase a tiempo completo. Pero los superiores continuaban viendo en él muchas otras posibilidades que había que desarrollar. Así, unos años más tarde, le pedían un esfuerzo más: preparar las oposiciones a Profesor de Instituto. Nuestro Hermano se puso manos a la obra y en 1964 aprobaba las oposiciones, con lo que ingresaba en el escalafón de profesores del Estado, como funcionario. Ello le capacitaba para trabajar, e incluso dirigir, algunos centros a cargo de la Congregación, que en realidad eran centros estatales.
Cosas de la vida: el funcionariado fue, precisamente, el camino del que Dios se sirvió para traerle a África. Porque, a pesar de haber sentido en infinidad de ocasiones la llamada a las misiones, nuestro Hermano nunca había comentado estas inquietudes con sus superiores, pero tenía un gran amigo, Francisco Alert, Hermano de La Salle como él, misionero en la Guinea Ecuatorial colonial, al que el asunto no se le había escapado. Tal vez, incluso, influyera -nuestro Hermano está convencido de ello- en los responsables del Instituto para proponer el traslado del Hermano Aloy a Guinea.
Porque el Colegio La Salle de la Bata colonial era, en realidad, un centro estatal. Una vez pasados los primeros años de construcción, equipamiento, puesta en funcionamiento, organización, etc, había que normalizar la situación: debía estar regido por un funcionario. ¿La mejor solución? Encontrar un Hermano de La Salle que lo fuera. Y ahí aparece nuestro Hermano, que en el verano de 1966 pisa por primera vez suelo africano como director del Instituto de Bata, cuyo claustro estaba compuesto en aquellos días por 44 profesores: 12 religiosos de La Salle, varios españoles más y el resto ecuatoguineanos. Él dice que nunca tuvo problemas especiales de adaptación y, en todo caso, está atestiguado que el Instituto de Bata alcanzó de su mano un prestigio que todavía hoy se añora.
Todo se complicó con la independencia, o, más exactamente, con la llegada de Francisco Macías a la Jefatura del Estado guineano. Enseguida empezaron los problemas y la situación se volvió rápidamente insostenible. "los que imponían la ley eran unos mozalbetes; no te podías fiar", comenta. Tras recibir varias amenazas y después de pasar mucho miedo, los Hermanos decidieron salir de Guinea.
El Hermano Aloy salió con el último grupo, el 18 de marzo de 1969. Recuerda que la comunidad había quedado de acuerdo en juntarse al mediodía para comer algo y después ir juntos al aeropuerto. Nuestro Hermano aprovechó su última mañana en Bata para terminar de arreglar los papeles del despacho, de manera que las cosas quedaran en orden. Cuando a la hora prevista regresó a la comunidad, comprobó con inquietud que ya no quedaba nadie: todos se habían marchado, tal era el ambiente de tensión en el que vivían. Picó como pudo algunos restos de comida, cogió sus bártulos y se las arregló para llegar al aeropuerto, donde encontró efectivamente al resto de la comunidad. Hoy sabe que su adiós a Guinea fue ese día definitivo: nunca más ha regresado allá.
Pero el Hermano Isidro no se marchó de vacío. Llevaba dentro en veneno de África, que no te deja tranquilo hasta que no vuelves a abrazarla. Así, después de ésta, su primera experiencia de menos de tres años en Guinea, le esperaban otros treinta años más de misión en distintos lugares de África. Con otros paisajes, con otras gentes, con otros idiomas, sin duda, pero con idéntico entusiasmo misionero.
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El Hermano Aloy realiza lo que el Evangelio llama servicio a los hermanos: humilde, silencioso, eficaz, lleno de amor |
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| En la foto le vemos preparando una liturgia con los catequistas de Togoville |
Tras varios meses de descanso activo en España, hasta el comienzo del nuevo curso escolar, el Hermano Aloy es destinado a Benín, que entonces todavía se llamaba Dahomey. El trabajo era parecido, pero todo había cambiado: había que hacerlo en francés, rodeado de compañeros canadienses que no sabían español, con un único paisano con el que consolarse en los días de tormenta... El colegio se hallaba situado en Bohicón, y había sido una escuela de maestros rurales católicos, que poco a poco evolucionó hacia convertirse en un colegio diocesano de bachillerato.
El Hermano recuerda que trabajaba con mucha intensidad, y que la buena fama del Colegio era enorme en todo el país, tal vez también porque los centros de secundaria no abundaban precisamente: Cotonú, Porto Novo y pocos más... Si la lengua al principio le asustó un poco, con muchas horas de estudio, y buenas dosis de osadía pronto Bohicón fue como Bata.
Y como a Guinea, también a Benín llegó la revolución. Esta vez algo parecido al comunismo, que lo primero que hizo fue nacionalizar todas las escuelas: el Colegio de los Hermanos fue destinado a centro de adoctrinamiento ideológico de futuros maestros del pueblo. Los Hermanos tuvieron que abandonar la escuela, pero decidieron dejar una comunidad testimonial, que viviría cerca -de hecho, el Colegio, o sus ruinas, volvió a manos de la diócesis y de los Hermanos en 1990-, pero nuestro Hermano no fue de los elegidos para quedarse y tuvo que volverse para España. "Parecía que me iban a tocar todas las revoluciones",comenta. Había estado en Benin casi ocho años hasta enero de 1978.
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Junto a estas líneas, el Hermano Aloy con sus alumnos en el taller de electromecánicas de Daloa (Casta de Marfil). |
Y, como la vez anterior, a esperar un nuevo curso escolar, con un nuevo destino. Esta vez Togoville, en Togo, cuyo Colegio era de historia y estructura casi calcadas a las de Bohicón, del que, por otra parte, sólo dista poco más de 200 kilómetros. Ahora sabe bien el idioma, gran parte de sus compañeros son españoles y los niveles escolares en los que se mueve son bien conocidos por él. Las dificultades de entrada son, por tanto, menores, con diferencia.
Desde el primer momento se entrega de lleno a la misión y todo parece irle de perlas. El país es muy estable desde el punto de vista político, no hay revoluciones en el horizonte, y es feliz, sencillamente, durante mucho tiempo.
Pero los problemas siempre acaban por llegar. En diciembre de 1988 su cuerpo se niega a seguir funcionando con normalidad. "No me tenía de pie. Tres emanas antes de hacer las notas de Navidad caí agotado y me tuvieron que ingresar en el hospital de San Juan de Dios de Afañá, aquí cerca. Paludismo y una fuerte anemia fue el diagnóstico", recuerda. Y es que en Togoville nuestro Hermano hacía de todo: un montón de horas de clase; vigilancia de recreos y estudios; mecanografiaba todos los clichés de multicopista del Colegio, y luego los tiraba él mismo con una máquina que sólo él era capaz de hacer funcionar -"había que echarle paciencia, porque estaba estropeada; pero no había otra"-; atendía a las mil y una chapuzas que constantemente surgen en un complejo escolar del tamaño de Togoville; cuando se ausentaba el director, él lo reemplazaba... Al final, agotamiento total: lógico...
Pero había que recuperarse pronto, porque durante las vacaciones de Navidad los Hermanos del Sector habían previsto reunirse en Capítulo, y el Hermano Aloy era el responsable de toda la parafernalia de la secretaría: actas, propuestas, mecanografía, fotocopias, documentos finales... Y allí se presentó él, en el momento señalado, después de varios días en el hospital, dispuesto a todo. Pero claro: a un cuerpo debilitado no se le pueden pedir milagros. El mismo día en que se abría oficialmente el Capítulo nuestro Hermano sufrió una grave recaída que dio de nuevo con sus huesos en el hospital, en donde poco pudieron hacer por devolverle la salud. Tras 31 días de tratamiento hospitalario, como la mejoría no llegaba, el Hermano Isidro fue repatriado a España.
En 1989, tras un largo reposo y algún curso de reciclaje en materias teológicas y espirituales, el Hermano Isidro regresa de nuevo a África; esta vez es Costa de Marfil quien le recibe. Cinco años de intensa labor educativa en la Escuela Profesional de Daloa le esperan, hasta que a finales de 1994 los superiores consideran que ha llegado el momento de que nuestro Hermano deje la clase.
De sus años de Daloa le quedan muchos recuerdos escolares, pero quizás el punto más original sea las veces que tuvo la ocasión de tocar el órgano en la Basílica de Yamusukro, en celebraciones solemnes. Lo hubiera hecho con gusto más a menudo y las invitaciones para ello nunca le faltaron, pero la Basílica queda demasiado lejos de la comunidad -a más de un centenar de kilómetros- como para acudir a ella con frecuencia.
Después de Daloa, el Hermano Aloy ha dejado la clase, pero no la escuela. Ha regresado a Togoville, centro que tan bien conoce, donde de hecho es, entre otras muchas cosas de las que ya se ha hablado, el secretario del Colegio. Además, en sus ratos libres, traduce, y traduce, y traduce: francés, español o catalán son lenguas que para él no tienen secretos. Y ahí lo tenemos...
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"Mientras el cuerpo aguante, Dios me tiene a su disposición" |
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| A la derecha, recibiendo el paño de despedida por parte de sus alumnos, en 1994 |
El mundo misionero del Hermano Isidro ha sido y es la escuela. "Sacamos a nuestros alumnos de sus regiones", se lamenta. "Están en el mundo entero, desde Estados Unidos hasta china, pasando por Europa, en incluso en África: Gabón, Camerún...". y es que los mejor preparados siempre acaban por conseguir una beca y marcharse. Una auténtica fuga de cerebros que priva a África de muchas de sus mejores cabezas. "Si en lugar de comprar material bélico, de gastar en bombas, los gobernantes africanos se dedicasen a desarrollar sus países, todos los que se ha ido podrían volver", dice. "No pueden decir que no tienen gente preparada. Lo que pasa es que no están aquí."
Son treinta y tres años de misión en África. Y los que vengan, porque el Hermano Isidro Aloy no piensa por el momento en el retiro: "Mientras el cuerpo aguante, Dios me tiene a su disposición". Parece mentira, pero desde que en los tiempos tristes de la Guerra Civil española el pequeño Isidro conociera a aquellos maestros vestidos de forma tan extraña -con un babero- y empezara a pensar en ser uno de ellos, esa ha sido la divisa permanente que ha presidido su vida. Que Dios le guarde así, generoso, durante muchos años más.
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© Este reportaje apareció en la Revista Mundo Negro Número 431 - Junio 1999 páginas 40-45 Arturo Soria, 101 |